lunes, 2 de noviembre de 2015

Un viaje en las manos





Cuando llegó el día, y antes que las maletas tocaran el suelo, Javier ya extrañaba su natal ciudad, sus abuelos y a sus amigos. Sintió una rara angustia, todo era nuevo para él en ese lugar: la tierra, los arbustos, el mar, los pájaros, las casas, la gente, sobre todo la gente; había hombres que entraban y salían del mar con ceñidos trajes negros que daban el poder de respirar bajo el agua y un grupo de mujeres reunidas en la plaza con faldas tan largas como sus cabelleras: reían, fumaban y ofrecían ver la suerte a los adultos que paseaban por el lugar. Todo era tal cual como se lo habían relatado sus compañeros de escuela al momento de contarles que se mudaría a aquella ciudad, lejos de la capital.   
No cabía tanta novedad en los ojos de Javier y su pequeña nariz se expandía más de lo habitual al respirar, si hasta el aire en aquel lugar era diferente.
Camino a la nueva casa, su madre lo invitaba a soltarle la mano y a recorrer los rincones de la calle antes que el atardecer se hiciera presente, pero Javier se negaba a desprenderse de ella, un escalofrío le recorría el cuerpo al recordar las palabras de advertencia de sus compañeros: “Debes tener cuidado con las mujeres que dicen leer la suerte en las manos, son una especie de brujas, ellas roban niños y se los llevan a diferentes países y éstos no vuelven a ver a sus padres”. No podía poner en duda estas palabras, sus amigos ya tenían ocho años, dos más que él y eso era suficiente para darle credibilidad a todo lo que dijeran.
A mitad de camino vio a su padre enfadado, saltando y agitando su brazo de un lado a otro con el teléfono móvil en la mano en busca de una señal para realizar una llamada, pero todo intento fue fallido, el aparato era inútil en ese lugar. Le parecía tan extraño y a la vez frustrante que sus padres no se percataran de que esa ciudad era distinta, algo así como los pueblos encantados que describían los cuentos que le leían antes de dormir. Su padre debía haber sabido que era imposible que brujas y magos usaran teléfonos para comunicarse, si de seguro ellos se contactaban con el pensamiento.
Fueron hasta a la plaza en busca de un teléfono público, un teléfono para mortales sin poderes, como él y su familia, pensó Javier. En ese instante, se acercó a su madre una de esas mujeres con largas polleras, le tomó la mano ofreciéndole leer su futuro en ella y su madre aceptó con extraña naturalidad; eso confirmaba todas sus sospechas, en realidad era un poblado mágico, habitado por brujas y magos y sus padres lo sabían.
Javier tomó con fuerza la mano que le quedaba libre a su madre, mientras en puntillas trataba de alzarse para alcanzar a ver también lo que la mujer leía en la palma, pero sólo logró escuchar: “veo buena salud, amor y un viaje en tu vida”. Dicho esto, su madre cerró el puño, agradeció y le dio unas monedas a la adivina.
-¡Un viaje! ¡Un viaje!-, ¿sería el que los llevaría por fin de regreso a la capital donde estaban sus abuelos, a los que tanto ya extrañaba?
Su primer día de clases lo desatendió por completo tratando de averiguar cuál sería el rumbo que había visto la mujer y mientras miraba sus pequeñas manos trataba de descifrar el secreto para ver el futuro en ellas; estaba pensando en ello cuando frente a sus ojos pasó una niña que vestía igual que la adivina, la siguió por todo el colegio, no podía escapar, si era una aprendiz de bruja quizás ella le podría ayudar.
 -¡Niña! Tú, aprendiz de bruja- gritó Javier
La niña volteó enfurecida al escuchar semejante ofensa
-¡No soy aprendiz de bruja, soy gitana!- exclamó ella
Lo menos que quería Javier en ese momento era discutir sobre títulos y jerarquías de magos. Se acercó a ella y entregándole un par de caramelos que traía en el bolsillo le pidió que viera el futuro en sus manos; la niña aún ofendida se limitó a dar un rápido vistazo a la pequeña palma y con ironía respondió: “sólo veo un poco, un poquito de fortuna, ya que casi no tienes líneas”.
-¿Sólo un poquito de fortuna? ¿Y el viaje no lo puedes ver?- siguió Javier
-No, no veo nada- concluyó la niña
Esa frase fue un balde de agua fría para Javier, no sólo no volvería a ver a sus abuelos sino que, peor aún, sus padres harían el viaje solos y no lo llevarían. La angustia volvió, corrió hasta el otro extremo del patio y entre sollozos comenzó a frotar con fuerza sus manos, quizás de esa forma se reflejaría el viaje en ellas; en eso estaba cuando resonaron en su cabeza las palabras de la aprendiz: “Sólo veo un poco, ya que casi no tienes líneas”.
Había dado con el secreto para ver el futuro en las manos: ¡las brujas de largas polleras leían las líneas que se formaban en ellas!
Secó sus lágrimas y se dispuso a tratar de descifrar sus pliegues, dándose cuenta que lo dicho por la niña era cierto: sus líneas en las manos eran casi imperceptibles. ¿Cómo hacerlas aparecer? Empuñó fuerte sus manos y las abrió, pero las líneas que logró desaparecieron al instante. Estaba a punto de resignarse al destino que le esperaba, cuando recordó que tenía un lápiz con tinta en su bolso y comenzó a trazar líneas con él en sus palmas, si éstas no estaban, podía dibujarlas; a mitad de la primera se detuvo y reparó en que para que el viaje de él y el de sus padres fuera el mismo, el dibujo de la línea también debía serlo pero, ¿Cómo saber en ese momento la forma exacta que tenían las líneas de sus padres? Tal vez si dibujaba el país completo podría seguir el mismo rumbo que ellos, y así lo hizo, comenzó a trazar una larga y angosta línea, pues así le había dicho su maestra que era Chile, pero luego pensó: ¿y si se van a otro país?, entonces decidió dibujar un círculo que representara al mundo y para mayor seguridad escribió en el centro de él “Tierra”; no fuera que ocurriera algún error y terminara viajando a otro lugar de la galaxia.
Finalizados los trazos volvió hasta donde estaba la aprendiz de bruja, le extendió la mano y le dijo: -“¿Puedes ver algún viaje ahora?”-.
La niña no pudo contener la risa al ver el dibujo, pero notó la desesperación en los ojos de Javier, se apiadó de él y perdonando la ignorancia y el atrevimiento que tuvo al llamarla bruja, respondió: -Yo aún no sé leer las manos, pero mi abuela siempre me dice que el verdadero secreto está en que cada uno crea su propio destino y que no sólo lo crea, sino que también puede modificarlo-.
Estas palabras tranquilizaron en cierta medida a Javier, pero no daban respuesta a sus dudas, la niña se percató de ello y lo invitó hasta su hogar para que su abuela contestara y aclarara todas las preguntas.
Una vez terminado el día de clases se dirigieron hasta donde vivía la niña, lugar que quedaba en el mismo camino que llegaba a la nueva casa de Javier.
La niña se detuvo frente a una carpa, él pensó que tal vez se trataba de una especie de tienda de productos artesanales o una exposición de esas que acostumbraba ver en la capital, hasta que ella lo convidó a entrar y pudo ver que dentro de la carpa había una verdadera casa montada y dispuesta para ser usada por una familia, y que en un montón de cojines dispersos en el suelo estaba tendida la misma adivina que le predijo el futuro a su madre en la plaza, la miró asustado y retrocedió hasta la salida, la niña lo siguió, le explicó que era su abuela, una sabia y que no tenía nada que temer. Javier se aquietó y regresó hasta donde estaba descansando la mujer.
Entre tanto murmullo la anciana terminó despertando, miró a los niños, sonrió y al abrir la mano para acariciar el rostro de su nieta, Javier se sorprendió al ver que la palma de ella al igual que las suyas, casi no tenía líneas. Antes que la mujer se dirigiera a él, rápidamente humedeció con saliva uno de sus dedos y escondido, con las manos en la espalda, comenzó a tratar de borrar los símbolos que les había dibujado. La abuela, que ya había visto los movimientos que estaba haciendo Javier, le pidió con una voz suave que le dijera qué era lo que quería saber. Javier aún nervioso, le contó que hace unos días ella había leído el futuro en las manos de su madre y que en las líneas había visto un viaje y necesitaba saber si ese viaje era con destino a su ciudad natal donde se encontraban sus abuelos, a los que tanto extrañaba y, lo más importante, si él también haría el viaje junto a sus padres.
La mujer sorprendida lanzó una carcajada y le preguntó: -¿Por qué piensas que no harás ese viaje con tus padres?-
A lo que Javier contestó: -Porque yo, al igual que usted, casi no tengo líneas en las manos ¿usted no volverá a viajar, verdad?-
La anciana lo miró con ternura, acercó unos cojines he hizo que se sentara junto a ella y mientras acariciaba sus cabellos le explicó que sus pequeñas manos aún no tenían líneas definidas porque era demasiado joven y que éstas se irían acentuando con el correr de los años y que en el caso de ella, la misma vida se había encargado de ir borrándolas.
-¡Entonces, sí haré el viaje con mis padres!- interrumpió exaltado Javier
-No, ese viaje es personal- sentenció la mujer
El desconcierto se apoderó del niño, mientras la anciana continuó diciendo:
-“Lo que vi en la mano de tu madre es un viaje personal, todos los viajes que las gitanas podemos predecir en el futuro de otras personas son especiales, porque no son viajes comunes y corrientes que se puedan hacer en avión o en un tren, son viajes que se hacen con el corazón.”-
Javier poco entendía, entonces la anciana le tomó mano, abrió su palma y comenzó a dibujar en ella. El niño sólo sentía que trazaba círculos, pero esta vez eran círculos diferentes, que no llegaban a un final.
La anciana terminó, le empuñó la mano y lo miró a los ojos una vez más diciendo: -“Javier, en tus manos también hay un viaje especial, porque la vida por sí sola es un viaje y lo importante en este viaje es romper los círculos que en ella se dibujarán, no limitarlos, convertirlos en espiral. El secreto más importante en este viaje llamado vida es nunca dejar de avanzar”.-

Imagen: Memoria chilena



lunes, 2 de febrero de 2015

Un poeta maldito



Lo primero que me llama la atención al entrar en el cuarto es el cráneo que reposa sobre tus libros, sobre tus muchos libros.
Sin más afán que el de querer decirte algo, hago el comentario de que tal vez perteneció a una mujer. Tu sola mirada me advierte que no me atreva a tomarlo, doy dos pasos, alejándome de aquel librero para hacerte saber que tengo más que claro que en aquel lugar soy sólo una visita, grata o no, visita al fin.
Mis ojos hacen un paneo general a la habitación. Ahí estaban todos tus objetos, los que fotografías para ilustrar tus escritos: tus bototos, discos, guitarra y tus libros, tus muchos libros. Te sientas en un borde de la cama y haces sonar a Piazzolla; en ese momento, tu rostro, tras esos lentes de marco negro y grueso, más que un estilo “hipster”, te hacen ver como un hombre mucho mayor, más de los treinta años que llevas a cuestas y que te niegas a cargar, claro, no haría este comentario en voz alta, me costaría el exilio de tu pieza, de tu casa, de tu vida.
El ambiente huele a incienso, y no precisamente en ofrenda a tu santa (la Santa Muerte) más bien para ocultar el olor a los restos de San Marco que te fumaste antes de que yo llegara; porque para ti la Biblia no sirve más que para eso.

Deja de sonar Piazzola, continúan los Beatles…

Sacas de tu bolsillo un condón, probablemente el que te sobró o no pudiste ocupar anoche. Te pregunto si la noche la pasaste solo y me respondes de la forma que si yo lo hubiese hecho sería de mala educación, con una pregunta: “¿Qué crees tú?” La respuesta la guardo para mí y tú te encargas de completarla: “Con una puta del Bella…”.
Suena tu teléfono, es otra invitación al círculo de nuevos talentos literarios. La palabra gracias pareciera ser la única inexistente en tu vocabulario, te limitas a decir no y a cortar. ¿Cuál es la finalidad de tu escritura? ¿Pretendes ser sólo un poeta maldito más? Me haces callar con un: “No soy ni poeta ni escritor”. No es la primera vez que escucho esta frase de ti, sigo sin comprenderla, así como no comprendo tu misoginia y mucho menos la empatía, si se le puede llamar así, que me tienes, sabiendo que mi estandarte es mas bien matriarcal, aunque muchas veces, siento tener plena consciencia de ser uno más de tus experimentos cadavéricos o el conejillo de indias para practicar lo que de Foulcaut  leíste hoy.


Comienzan a sonar Los Cadillacs y el resto de la tarde se esfuma junto a San Mateo…

Fotografía: L. Escudero