Cuando
llegó el día, y antes que las maletas tocaran el suelo, Javier ya extrañaba su
natal ciudad, sus abuelos y a sus amigos. Sintió una rara angustia, todo era
nuevo para él en ese lugar: la tierra, los arbustos, el mar, los pájaros, las
casas, la gente, sobre todo la gente; había hombres que entraban y salían del
mar con ceñidos trajes negros que daban el poder de respirar bajo el agua y un
grupo de mujeres reunidas en la plaza con faldas tan largas como sus cabelleras:
reían, fumaban y ofrecían ver la suerte a los adultos que paseaban por el
lugar. Todo era tal cual como se lo habían relatado sus compañeros de escuela
al momento de contarles que se mudaría a aquella ciudad, lejos de la capital.
No
cabía tanta novedad en los ojos de Javier y su pequeña nariz se expandía más de
lo habitual al respirar, si hasta el aire en aquel lugar era diferente.
Camino
a la nueva casa, su madre lo invitaba a soltarle la mano y a recorrer los
rincones de la calle antes que el atardecer se hiciera presente, pero Javier se
negaba a desprenderse de ella, un escalofrío le recorría el cuerpo al recordar
las palabras de advertencia de sus compañeros: “Debes tener cuidado con las
mujeres que dicen leer la suerte en las manos, son una especie de brujas, ellas
roban niños y se los llevan a diferentes países y éstos no vuelven a ver a sus
padres”. No podía poner en duda estas palabras, sus amigos ya tenían ocho años,
dos más que él y eso era suficiente para darle credibilidad a todo lo que
dijeran.
A
mitad de camino vio a su padre enfadado, saltando y agitando su brazo de un
lado a otro con el teléfono móvil en la mano en busca de una señal para
realizar una llamada, pero todo intento fue fallido, el aparato era inútil en
ese lugar. Le parecía tan extraño y a la vez frustrante que sus padres no se
percataran de que esa ciudad era distinta, algo así como los pueblos encantados
que describían los cuentos que le leían antes de dormir. Su padre debía haber
sabido que era imposible que brujas y magos usaran teléfonos para comunicarse, si
de seguro ellos se contactaban con el pensamiento.
Fueron
hasta a la plaza en busca de un teléfono público, un teléfono para mortales sin
poderes, como él y su familia, pensó Javier. En ese instante, se acercó a su
madre una de esas mujeres con largas polleras, le tomó la mano ofreciéndole
leer su futuro en ella y su madre aceptó con extraña naturalidad; eso
confirmaba todas sus sospechas, en realidad era un poblado mágico, habitado por
brujas y magos y sus padres lo sabían.
Javier
tomó con fuerza la mano que le quedaba libre a su madre, mientras en puntillas
trataba de alzarse para alcanzar a ver también lo que la mujer leía en la
palma, pero sólo logró escuchar: “veo buena salud, amor y un viaje en tu vida”.
Dicho esto, su madre cerró el puño, agradeció y le dio unas monedas a la
adivina.
-¡Un
viaje! ¡Un viaje!-, ¿sería el que los llevaría por fin de regreso a la capital
donde estaban sus abuelos, a los que tanto ya extrañaba?
Su
primer día de clases lo desatendió por completo tratando de averiguar cuál
sería el rumbo que había visto la mujer y mientras miraba sus pequeñas manos
trataba de descifrar el secreto para ver el futuro en ellas; estaba pensando en
ello cuando frente a sus ojos pasó una niña que vestía igual que la adivina, la
siguió por todo el colegio, no podía escapar, si era una aprendiz de bruja
quizás ella le podría ayudar.
-¡Niña! Tú, aprendiz de bruja- gritó Javier
La
niña volteó enfurecida al escuchar semejante ofensa
-¡No
soy aprendiz de bruja, soy gitana!- exclamó ella
Lo
menos que quería Javier en ese momento era discutir sobre títulos y jerarquías
de magos. Se acercó a ella y entregándole un par de caramelos que traía en el
bolsillo le pidió que viera el futuro en sus manos; la niña aún ofendida se
limitó a dar un rápido vistazo a la pequeña palma y con ironía respondió: “sólo
veo un poco, un poquito de fortuna, ya que casi no tienes líneas”.
-¿Sólo
un poquito de fortuna? ¿Y el viaje no lo puedes ver?- siguió Javier
-No,
no veo nada- concluyó la niña
Esa
frase fue un balde de agua fría para Javier, no sólo no volvería a ver a sus abuelos
sino que, peor aún, sus padres harían el viaje solos y no lo llevarían. La
angustia volvió, corrió hasta el otro extremo del patio y entre sollozos
comenzó a frotar con fuerza sus manos, quizás de esa forma se reflejaría el
viaje en ellas; en eso estaba cuando resonaron en su cabeza las palabras de la
aprendiz: “Sólo veo un poco, ya que casi no tienes líneas”.
Había
dado con el secreto para ver el futuro en las manos: ¡las brujas de largas
polleras leían las líneas que se formaban en ellas!
Secó
sus lágrimas y se dispuso a tratar de descifrar sus pliegues, dándose cuenta
que lo dicho por la niña era cierto: sus líneas en las manos eran casi
imperceptibles. ¿Cómo hacerlas aparecer? Empuñó fuerte sus manos y las abrió,
pero las líneas que logró desaparecieron al instante. Estaba a punto de
resignarse al destino que le esperaba, cuando recordó que tenía un lápiz con
tinta en su bolso y comenzó a trazar líneas con él en sus palmas, si éstas no
estaban, podía dibujarlas; a mitad de la primera se detuvo y reparó en que para
que el viaje de él y el de sus padres fuera el mismo, el dibujo de la línea
también debía serlo pero, ¿Cómo saber en ese momento la forma exacta que tenían
las líneas de sus padres? Tal vez si dibujaba el país completo podría seguir el
mismo rumbo que ellos, y así lo hizo, comenzó a trazar una larga y angosta
línea, pues así le había dicho su maestra que era Chile, pero luego pensó: ¿y
si se van a otro país?, entonces decidió dibujar un círculo que representara al
mundo y para mayor seguridad escribió en el centro de él “Tierra”; no fuera que
ocurriera algún error y terminara viajando a otro lugar de la galaxia.
Finalizados
los trazos volvió hasta donde estaba la aprendiz de bruja, le extendió la mano
y le dijo: -“¿Puedes ver algún viaje ahora?”-.
La
niña no pudo contener la risa al ver el dibujo, pero notó la desesperación en
los ojos de Javier, se apiadó de él y perdonando la ignorancia y el
atrevimiento que tuvo al llamarla bruja, respondió: -Yo aún no sé leer las
manos, pero mi abuela siempre me dice que el verdadero secreto está en que cada
uno crea su propio destino y que no sólo lo crea, sino que también puede
modificarlo-.
Estas
palabras tranquilizaron en cierta medida a Javier, pero no daban respuesta a
sus dudas, la niña se percató de ello y lo invitó hasta su hogar para que su
abuela contestara y aclarara todas las preguntas.
Una
vez terminado el día de clases se dirigieron hasta donde vivía la niña, lugar
que quedaba en el mismo camino que llegaba a la nueva casa de Javier.
La
niña se detuvo frente a una carpa, él pensó que tal vez se trataba de una
especie de tienda de productos artesanales o una exposición de esas que
acostumbraba ver en la capital, hasta que ella lo convidó a entrar y pudo ver
que dentro de la carpa había una verdadera casa montada y dispuesta para ser
usada por una familia, y que en un montón de cojines dispersos en el suelo
estaba tendida la misma adivina que le predijo el futuro a su madre en la
plaza, la miró asustado y retrocedió hasta la salida, la niña lo siguió, le
explicó que era su abuela, una sabia y que no tenía nada que temer. Javier se
aquietó y regresó hasta donde estaba descansando la mujer.
Entre
tanto murmullo la anciana terminó despertando, miró a los niños, sonrió y al
abrir la mano para acariciar el rostro de su nieta, Javier se sorprendió al ver
que la palma de ella al igual que las suyas, casi no tenía líneas. Antes que la
mujer se dirigiera a él, rápidamente humedeció con saliva uno de sus dedos y
escondido, con las manos en la espalda, comenzó a tratar de borrar los símbolos
que les había dibujado. La abuela, que ya había visto los movimientos que
estaba haciendo Javier, le pidió con una voz suave que le dijera qué era lo que
quería saber. Javier aún nervioso, le contó que hace unos días ella había leído
el futuro en las manos de su madre y que en las líneas había visto un viaje y
necesitaba saber si ese viaje era con destino a su ciudad natal donde se
encontraban sus abuelos, a los que tanto extrañaba y, lo más importante, si él
también haría el viaje junto a sus padres.
La
mujer sorprendida lanzó una carcajada y le preguntó: -¿Por qué piensas que no
harás ese viaje con tus padres?-
A
lo que Javier contestó: -Porque yo, al igual que usted, casi no tengo líneas en
las manos ¿usted no volverá a viajar, verdad?-
La
anciana lo miró con ternura, acercó unos cojines he hizo que se sentara junto a
ella y mientras acariciaba sus cabellos le explicó que sus pequeñas manos aún
no tenían líneas definidas porque era demasiado joven y que éstas se irían
acentuando con el correr de los años y que en el caso de ella, la misma vida se
había encargado de ir borrándolas.
-¡Entonces,
sí haré el viaje con mis padres!- interrumpió exaltado Javier
-No,
ese viaje es personal- sentenció la mujer
El
desconcierto se apoderó del niño, mientras la anciana continuó diciendo:
-“Lo
que vi en la mano de tu madre es un viaje personal, todos los viajes que las
gitanas podemos predecir en el futuro de otras personas son especiales, porque
no son viajes comunes y corrientes que se puedan hacer en avión o en un tren,
son viajes que se hacen con el corazón.”-
Javier
poco entendía, entonces la anciana le tomó mano, abrió su palma y comenzó a
dibujar en ella. El niño sólo sentía que trazaba círculos, pero esta vez eran
círculos diferentes, que no llegaban a un final.
La
anciana terminó, le empuñó la mano y lo miró a los ojos una vez más diciendo: -“Javier,
en tus manos también hay un viaje especial, porque la vida por sí sola es un
viaje y lo importante en este viaje es romper los círculos que en ella se
dibujarán, no limitarlos, convertirlos en espiral. El secreto más importante en
este viaje llamado vida es nunca dejar de avanzar”.-
Imagen: Memoria chilena